Si cada vez que un vecino necesita educar a sus hijos y decide, a la libre y sin consecuencias, utilizar el sistema de educación del territorio que los dominicanos dicen que es de ellos, sin serlo, y lo hace;

Si cada vez que un vecino se enferma y decide, a la libre y sin consecuencias, irse a atender de gratis al territorio que los dominicanos dicen que es de ellos, sin serlo, y lo hace;

Si cada vez que un vecino desea ir a trabajar, a la libre y sin consecuencias, al territorio que los dominicanos dicen que es de ellos, sin serlo, y lo hace;

Si cada vez que un vecino necesita vender un encargo de carbón, a la libre y sin consecuencias, y decide ir a conseguirlo al territorio que los dominicanos dicen que es de ellos, sin serlo, y lo hace;

Si cada vez que un criminal vecino decide ir a cometer sus fechorías, a la libre y sin consecuencias, al territorio que los dominicanos dicen que es de ellos, sin serlo, y lo hace;

Si cada vez que el presidente de los vecinos decide ir para que le rindan cuentas, a la libre y sin consecuencias, del trato que le dan a sus compatriotas en el territorio que los dominicanos dicen que es de ellos, sin serlo, y lo hace;

Si cada vez que un vecino decide, a la libre y sin consecuencias, cruzar la frontera inexistente del territorio que los dominicanos dicen que es de ellos, sin serlo, y lo hace;

Si cada vez que una vecina decide, a la libre y sin consecuencias, venir a parir a un hospital en el territorio que los dominicanos dicen que es de ellos, sin serlo, y lo hace:

Si cada vez que un vecino decide, a la libre y sin consecuencias, dar de sí a la luz pública en el territorio que los dominicanos dicen que es de ellos, sin serlo, y lo hace;

No es porque, sencillamente, somos “tolerantes” o “solidarios”. No.

Es porque el Estado Dominicano, como tal, es sólo un teatro ilusorio, un holograma hipnotizante de un Estado que una vez existió, para hacerle creer a los dominicanos que todavía tienen una nación de ellos, sin serlo realmente, en lo que “aterriza” el concepto irreversible de una isla y una nación única. Para todos los fines internacionales, calladamente, la isla completa es, finalmente, de los que siempre han creído que la isla es una e indivisible.

Aunque tengan bandera “propia”, gobierno “propio” -aunque la realidad es que es ilegítimo-, así como cultura “propia”, los dominicanos no saben que hace rato fueron vendidos y que el contrato ya está rubricado. O se acostumbran o se acostumbran.

Y por ahí ya viene la próxima oleada masiva de pobladores hijos de Toussaint y de Jean Jacques Dessalines, para que los blanquitos racistas y xenófobos del territorio que ellos dicen que es de ellos sin serlo, acaben de entender de quienes es esta isla, y a quienes es que sirven de ahora en adelante. Imponerse por mayoría preponderante, por presencia o por vientre, siempre ha sido una estrategia ganadora desde el 1791.

La fusión es un hecho hace rato, y no nos hemos dado cuenta. Entre humanismo y derechos humanos por un lado y clamor por una soberanía inexistente por el otro, que si no por una lucha imposible contra la corrupción, estéril y desvitalizante, los dominicanos se mantienen entretenidos bajo los ojos vigilantes de su cuatrería gobernante; y por supuesto, como Sísifo en su eterno recomenzar, con la esperanza puesta en su sistema electoral, entretenido, teatral y pre-determinado…

La fusión no va a ocurrir, no. Ya ocurrió, que es diferente; es que no queremos abrir los ojos y despertar dentro de la pesadilla.

Todo gracias, no a las potencias que han pagado las monedas de plata correspondientes, sino gracias a uno y cada uno de nuestros traidores, nuestros “humanistas” con carita de yo no fui, y por supuesto y en no menor medida, a nuestra buena, católica y permisiva voluntad.

~ OSC

POR: Omar Sánchez Cabral