El ambiente electoral es cada vez más evidente en Estados Unidos. Buena parte del entorno precomicial es creado por la difusión de encuestas de opinión. Ni siquiera acontecimientos en el ámbito internacional han detenido el auge de noticias relacionadas con las parciales del 2014 y las frecuentes conjeturas acerca de los posibles candidatos presidenciales para el 2016.
La población, dividida en forma cada día más intensa, manifiesta al mismo tiempo un alto grado de rechazo a los políticos. Hasta personas inclinadas a alguno de los dos grandes partidos, se expresan en conversaciones y en declaraciones públicas como electores desencantados por características del sistema en su forma actual.

Los índices de aprobación del Presidente y el Congreso federal revelan un apoyo bastante limitado a las gestiones de ambos poderes del Estado. El actual ocupante de la Casa Blanca no cuenta con el firme apoyo de la mayoría de la población y el Congreso ha alcanzado los más bajos porcentajes en cuanto al respeto que le concede el electorado. Al estar dividido el poder legislativo entre un Senado controlado por los demócratas y una Cámara de Representantes en manos de los republicanos, ese rechazo parece extenderse a políticos de ambos partidos.

Por un lado, los liberales resienten que el Presidente Barack Obama no ha cumplido plenamente sus promesas a ese sector y, por el otro, los conservadores se han dividido entre los más radicales, al estilo del llamado “Tea Party”, y los elementos más tradicionales del “establishment” republicano, considerado generalmente como más moderado por los medios.

Mientras un gran sector considera que los republicanos, con su control cameral y su representación senatorial, se han dedicado mayormente a obstruccionar la Presidencia de Obama, muchísimos ciudadanos han llegado a rechazar de tal manera su gestión presidencial que ni siquiera consideran suficientes los esfuerzos parlamentarios de su partido por evitar llevar a votación los proyectos y propuestas procedentes del ejecutivo.

El Partido Demócrata está ahora relativamente unificado en torno a una ideología considerada liberal en el espectro político estadounidense. Las divisiones más claras se notan ahora entre los republicanos, pero siempre en un marco conservador. En un pasado no demasiado lejano, las divisiones entre los demócratas permitían gobernar con cierta facilidad a presidentes republicanos que aprobaban sus propuestas con el apoyo de demócratas conservadores del Sur. Pero gracias a su antiguo control de gobiernos estatales los demócratas dividieron los distritos congresionales de una forma que favorecía en las elecciones. Se trataba de maniobras de “gerrymandering”, como se ha identificado tales acciones. En décadas recientes, con un número mayor de republicanos en los gobiernos estatales, estos hicieron exactamente lo mismo.

El Demócrata era un partido con control congresional mientras los republicanos obtenían con frecuencia la Casa Blanca con cierta ayuda del voto demócrata sureño. Sus candidatos a la Presidencia hacían campaña atacando tanto al liberalismo como al Congreso. No vislumbraron claramente que en un futuro, que se ha convertido en presente, los demócratas perderían ventajas camerales, pero controlarían con más facilidad que antes la votación para la Casa Blanca.

Entre 1992 y el 2012, los republicanos sólo ganaron el voto popular en 2004 con la reelección de George W Bush (con ventaja de sólo 3 puntos porcentuales), elegido en 2000, sin mayoría en el voto popular, gracias a una pequeñísima y muy discutida ventaja en el Colegio Electoral (271 a 267).

La demografía está cambiando dramáticamente. Los porcentajes de votantes de las minorías de “afrodescendientes” e “hispanounidenses” y de las mujeres han inclinado la balanza hacia los demócratas. A esa realidad se suma la de una generación que no refleja necesariamente los valores tradicionales y del número cada día mayor de defensores de las posiciones de la comunidad homosexual hacia el matrimonio y otros temas. Nada de eso favorece a los republicanos.

Pero el cuadro para las parciales del 2014 necesita ser matizado. La distribución de distritos congresuales favorece ligeramente a los republicanos, quienes también se beneficiarían de un caudal de votación, mejor que el de elecciones presidenciales. Y las motivaciones para votar son mayores en votantes del partido de oposición.

Los cambios en las encuestas son frecuentes e impiden predecir a más de tres meses de distancia. La situación internacional irá cambiando y cada bando encontrará razones, del presente y del pasado, para culpar a sus adversarios. Y faltan dos años y meses para las Presidenciales. Entonces Barack Obama no estará en la boleta y todavía no se conoce siquiera quienes serán los candidatos.

Así las cosas, lo que resulta más fácil de comprobar es que mientras muchos estadounidenses se dividen con mayor apasionamiento entre republicanos y demócratas, esa lamentable y riesgosa polarización coincide con indiferencia, apatía y hasta con el rechazo de infinidad de votantes, insatisfechos con ambos partidos y con la cada día más alarmante, excesiva y poco respetable recaudación de fondos de campaña.