Basta con salir a la calle para percatarse del cambio profundo de la sociedad dominicana en los últimos veinte años.  El asombro ha disminuido frente a la cantidad de edificaciones que se perfilan en el horizonte de los centros urbanos.

En ciudades como Santiago y Santo Domingo, este panorama es creciente. El desarrollo vertical se evidencia de forma notable en la mayoría de nuestras ciudades.
La semana pasada una protesta contra los elevados precios de los combustibles asustó a personas y autoridades. No por la protesta en sí, muy justa por cierto, sino por el absoluto caos que podría derivarse del hecho en una ciudad capital en la que resulta una tragedia trasladarse con relativa rapidez.
El número de autos, yipetas, camionetas de doble cabina, autobuses, camiones y motocicletas que circula por calles y autopistas en todo el país se ha multiplicado sustancialmente. Nunca antes el parque vehicular alcanzó niveles tan elevados.
Túneles y pasos a doble nivel, calles y vías de alta velocidad se han incrementado, pero muy por debajo de la demanda existente. La planificación falla, los asuntos se dejan al azar en beneficio de los influyentes y poderosos y luego es la ciudadanía la que debe pagar por el desastre.
Los centros comerciales han colocado a la defensiva los negocios ubicados en las vías donde se centraba la actividad anteriormente (la Duarte, El Conde, la John Kennedy, la Mella) y a muchos pequeños y medianos establecimientos algunos de los cuales han sucumbido porque no pueden ofrecer las ventajas de los primeros (concentración de negocios y servicios, vigilancia, aire acondicionado, parqueos).

 

En las áreas turísticas han proliferado los hoteles y negocios de distinta naturaleza . Igual ha ocurrido con los denominados “drink” en las ciudades, versión criolla de los denominados “liquor store” estadounidenses. En el país opera toda clase de restaurantes, salones de belleza y gimnasios. Decenas de centros de estética ofrecen sus servicios especializados. Áreas residenciales pierden espacio ante la apertura de nuevos establecimientos comerciales. Se ha incrementado el número y la influencia de las entidades financieras.
El carácter del dominicano ha sufrido cambios y no para bien. Somos más intolerantes y violentos. Menos empáticos. Las cifras de muertos debido a agresiones (atracos, asuntos sentimentales y familiares irresueltos, confrontaciones derivadas de problemas de herencia, dinero y propiedades, asesinatos en peleas, feminicidios, transgresiones sexuales, violencia en las escuelas, sicariato, venganzas, conflictos derivados del tráfico de drogas, chismorreos en vecindarios, querellas por la manutención de los hijos) es escandalosa.
Los accidentes vehiculares alcanzan cifras aterradoras con una secuela inconcebible de daños, decesos y personas lisiadas. Crece el volumen operativo de las aseguradoras según anuncian los vinculados al sector. Nuestras ciudades son cada vez más ruidosas e insoportables. El escándalo omnipresente y apenas reprimido es una constante que le dañará los oídos a mucha gente.

 

Preocupa la estadística de suicidios. Aumenta el número de divorcios y la familia tradicional se deshace. La influencia femenina crece indetenible y es cada vez más osada y agresiva. En contraste, cientos de niñas resultan embarazadas cada año perturbando seriamente su futuro y el de sus hijos. Ha crecido de manera espectacular el número de farmacias y bancas de apuestas legales o ilegales. La seguridad jurídica sigue siendo un dolor de cabeza.
El ambiente social es de crispación y disgusto. Un porcentaje mínimo de la población –políticos, empleados públicos de nivel, empresarios, gente adinerada o que posee un nivel de vida y consumo muy elevados y personas que se dedican a actividades ilegales-parece satisfecho. Tanto la clase media como baja, los jóvenes y personas de la llamada “tercera edad”, miran con pesar y preocupación el desenvolvimiento y los rumbos que asume el país. Conceptúan el futuro como oscuro, pesaroso y cargado de interrogantes.
El poder adquisitivo del peso es miserablemente bajo. Los alimentos, la matricula escolar, las medicinas, los combustibles y los pagos por diversos servicios liquidan velozmente los magros ingresos que se reciben. Existe un tráfico y consumo de drogas creciente, ominoso y cada vez más sofisticado.
La confiabilidad en los líderes y los partidos políticos se encuentra en su punto más bajo. La presencia haitiana es perturbadora y progresiva y es, a la vez, estimulada por las autoridades y algunos empresarios y comerciantes. Hay un repunte del desarrollo agrícola en algunas áreas, la industria no alcanza sus metas y es evidente la ausencia de iniciativas modernas en áreas como la pesca.
Los niveles de inseguridad son abrumadores. El dominicano, consciente de que vive ahora en un entorno impredecible, es menos amistoso y muy desconfiado. El crimen acecha en cada esquina y las autoridades lucen desbordadas o copartícipes por incapacidad, complicidad o por simple desidia. La justicia luce abrumada.
Existe, a todos los niveles, un apego enfermizo por la comunicación digital. Es algo, en parte, subliminal: alguna gente procura enfrentar su soledad, su frustración, la dudosa perspectiva de un futuro satisfactorio y sus vidas miserables e insatisfechas con la ilusión y el mundo mágico, burdo y ficticio que promueven las “redes sociales”. La puesta en escena que se nos presenta en gráficas de personas felices, socialmente integradas y disfrutando en grande sus vidas poco o nada en la mayoría de los casos tiene que ver con la realidad.
En algunos sectores poblacionales hay más esperanza de progreso en el juego de azar, el beisbol (que un hijo o ellos mismos sean “firmados”), el espectáculo y las actividades ilícitas que en los oficios y las profesiones nuevas o tradicionales. Hay mucha gente que sueña con irse del país y arriesga sus vidas y escasos bienes a la busca de una forma de vida que la sociedad dominicana ya no ofrece o que ofrece cada vez menos.
Hay un incremento sustancial de la corrupción mucho mayor que nunca antes. El dominicano, en general, lee muy poco o nada y muchas de las buenas maneras han quedado en el pasado. El gusto por el arte, la buena música, los encuentros para dialogar sobre temas importantes se han reducido a su más mínima expresión.

 

En primera persona

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 Roberto Marcallé Abreu
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