Aunque en las parciales del 2014 se conocerá algo del impacto electoral del tema de inmigración en Estados Unidos, será necesario esperar hasta el 2016, cuando será elegido el nuevo o la nueva ocupante de la Casa Blanca, para tener una idea más clara de cómo reaccionará un electorado que cambia en aspectos fundamentales.

La transición hacia el control por otras generaciones implica el surgimiento de un nuevo entorno. En los intentos de predicciones, basados en sondeos de opinión y en cambios demográficos, ayudaría el dirigir una mirada a la región de donde están llegando nuevos pobladores a Norteamérica.

No todas las noticias latinoamericanas tienen la misma relación con el voto hispano. Pero una situación difícil en cualquiera de los países de la región pudiera aumentar el movimiento de inmigrantes, legales o indocumentados, hacia Norteamérica. Por otra parte, noticias como la salida de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) del Partido de la Revolución Democrática (PRD) de México y la creación de su nuevo Movimiento de Renovación Nacional (MORENA), o la división del Partido Revolucionario Democrático (PRD) de República Dominicana y el nacimiento del Partido Revolucionario Mayoritario (PRM), sólo tendrían impacto en caso de provocar una futura desestabilización de esos países, lo cual no parece probable.

Sin embargo noticias sobre los cambios religiosos en América Latina merecen atenderse cuando se discute el tema de los inmigrantes en Estados Unidos. La llegada a Norteamérica de más personas con creencias fundamentalistas quizás favorezca en el futuro al Partido Republicano y su énfasis en valores morales y religiosos.
Desde hace años la profesión religiosa del votante es tomada en cuenta en la evaluación de los patrones de preferencia electoral en Estados Unidos. En otros tiempos, esto significaba específicamente el voto católico o el voto protestante en alguna elección particular, no en todas. En la actualidad, los votantes católicos y protestantes no votan por su afiliación confesional sino que se dividen políticamente, como el resto de la población, en conservadores o tradicionalistas y liberales o progresistas, aunque a veces bajo la influencia de su teología.

Católicos tradicionalistas y evangélicos fundamentalistas votaron mayoritariamente por un mormón, Mitt Romney. Toda una revolución si miramos al pasado. En el 2012 prevaleció entre ellos el conservadurismo político y el tradicionalismo en el estilo de vida. La selección de católicos conservadores a la Corte Suprema ha tenido como partidarios entusiastas a los fundamentalistas. Muchísimos congresistas de afiliación evangélica conservadora tienen entre sus más leales electores a católicos tradicionalistas. Y la minoría de hispanos que vota por republicanos está integrada en gran parte por evangélicos fundamentalistas, que constituyen el sector religioso de mayor crecimiento en la población hispana de Norteamérica y también por católicos tradicionalistas.

En Brasil, el nuevo entorno político pudiera ofrecernos una lección. En ese enorme territorio la comunidad evangélica se acerca a la cuarta parte de la población y no está compuesta por creyentes nominales, simplemente por tradición, sino por personas con militancia religiosa intensa. Bastó la reciente postulación presidencial de Marina Silva para que casi todo cambiara en el panorama electoral. Como Estados Unidos al elegir a Barack Obama, su primer presidente negro, Brasil hizo historia eligiendo a una mujer, Dilma Rousseff. Pero ahora la presidenta deberá enfrentar en las urnas a una mujer de confesión pentecostal con antepasados africanos. Ese tipo de votante sobrepasa ya el 40 por ciento en Guatemala, crece en número en toda la región, y ha dado señales de favorecer a la derecha en algunas contiendas.

Un presidente protestante no es algo nuevo en Brasil. Dos prominentes protestantes, Joao Café Filho (presbiteriano) y el general Ernesto Geisel (luterano) han gobernado allí, pero ahora se trata de una dama muy activa en el movimiento pentecostal, el sector protestante con crecimiento espectacular y con tendencia a introducir la religión en la política, algo que no caracterizó al minoritario, pero socialmente influyente protestantismo histórico brasileño de Café Filho y Geisel.

Regresando a Estados Unidos y a la inmigración, la votación de hispanos afiliados a iglesias fundamentalistas ya ha ayudado a los republicanos en varios distritos y lo seguirá haciendo, aunque debe aclararse que no todos votarían automáticamente por la derecha. Temas como la ley inmigratoria podrían ejercer influencia sobre muchos de ellos. Además, el alto número de jóvenes sin afiliación religiosa real y con una abierta tendencia al secularismo pudieran inclinar la balanza en otra dirección.

Curiosamente, la candidata Silva se opone a medidas favorables a los homosexuales y al aborto, pero ella no es una política de derecha y promueve la ecología. La señora Silva no es tampoco el equivalente brasileño del senador hispano y texano Ted Cruz, del ala más conservadora de los bautistas como los antepasados de Abraham Lincoln y Chester Arthur. Merece aclararse que los bautistas son una confesión histórica en la que se manifiestan diversas tendencias teológicas y que presidentes de confesión bautista como Harding, Truman, Carter y Clinton no integran la lista de gobernantes conservadores del país.
Y son muchos los asuntos que van indicando la posibilidad de que, a mediano y largo plazo, el entorno político en América Latina y en la comunidad hispana sea diferente en aspectos fundamentales.