Periodistas cursados o no, leídos o no, todos a la venta en el mercado de la imagen, la aglutinación y el control de las masas, las bocinas per se son los más sonoros, reputados y establecidos de los beneficiarios directos de cualquier gobierno, los más veteranos, los más gordos y coloraos, y con su cultura y aplomo ellos esperan por seguro, en su opinar, ejercer certera gravedad sobre las mentes de quienes le escuchan (o por lo menos eso le venden al cocodrilo mayor).

Las bocinetas, por otro lado, son los que dicen cualquier barrabasada con tal de estar en el medio. Insultan, ofenden, y laceran más con su falta de cultura que con su mensaje. Cuando no se les hace caso recurren a la extorsión, sea escrita, radial o televisiva, pues son todos de la vieja ola. Por lo general son segundones, lugartenientes locales o regionales de una bocina. Aún en estos predios donde la luz es oscura pues son sofistas de la mentira, no saben brillar con luz propia.

Las bocinillas son tan nimias que apenas se escuchan, pues son prácticamente lo mismo que nadie. Son por lo general empleaditos que tienen que hacer acto de presencia en mítines de apoyo y eventos culturales. Son voces de coro, quienes devengan un sueldito extra como inspectores de policía virtual, o mejor dicho, como calieses de las redes.

Pero son implacables todos y más aún entre ellos: Así como los cocodrilos en un río revuelto, todos se devoran -o se picotean- entre sí con primario y agresivo instinto de supervivencia y deseo de supremacía.

La más ostensible diferencia entre ellos está en su cercanía al cocodrilo mayor, y por supuesto, el grosor del cheque mensual que devenguen. Es esta misma proximidad e influencia que los grandes van a enforzar sobre los otros como un colegiado estrictamente piramidal. Una bocina allegada a Palacio, por ejemplo, tiene o priva de tener, casi el rango de Embajador o Ministro sin Cartera (y todos se guillan de ello nombrando a menudo al cocodrilo mayor como “su amigo personal”); una bocineta allegada a un Consulado, por ejemplo, es algo tan patéticamente triste y digno de pena, que bocinea en comunidades lejanas para poder comer en un país extraño, donde no da la talla ni como empresario ni como inmigrante. Tiene que estar pegao de la teta del gobierno en una forma u otra, aunque sea a la distancia; mas hay un común denominador entre ellos: Todos reaccionan como errr diablo ante la presencia de un potencial enemigo natural del cocodrilo mayor, garantía de su cheque mensual. En cierta forma, podemos especular que no hay nadie más amante y preservante del status quo que una bocina, una bocineta o una bocinilla, mientras vean a Linda todos los meses sin prácticamente dar un palo. Vivir o no vivir del cuento: Esa es la cuestión.

Reptiles, amorales, tránsfugas, supremamente envidiosos, violentamente territoriales y egocentristas, las bocinas, bocinetas y bocinillas se creen ser el centro del universo. Cuando conozca uno de ellos, salga huyendo hacia la derecha como el león Melquíades. Vd. no tiene nada que ganar ahí. Cuando ya Vd. no represente nada para ellos, a Vd. lo van a descartar más rápido que una cáscara de guineo, y si Vd. fue lo suficientemente tonto de darle acceso a su vida personal, ellos sacarán cualquier secreto suyo a la luz con tal de ser noticia. Son seres sencillamente deleznables.

Mas vive y deja vivir, me dice la voz de mi consciencia. Es que si no tuviésemos esos elementos tan rechazables y reprochables entre nosotros, la vida no sería vida; la vida sería ciertamente incompleta.

Y un tanto aburrida.

~OSC