Eduardo Peña Palmer

Debía tener yo unos 20 ó 21 años de edad, quizá menos, cuando ―en diálogo parecido al de un maestro y su discípulo sostenido en algún lugar de la antigua Grecia en tiempos de Aristóteles― ese amigo que siempre fue Eduardo Peña Palmer para mi me decía: Papi,* la historia de la humanidad no ha sido más que la lucha entre el bien y el mal y tal parece que el mal, y no el bien, ha venido ganando esa lucha. Fue en conversación sostenida en una heladería próxima a la casa donde él vivía, junto a su honorable familia, en la calle Barney Morgan del Ensanche Luperón de la ciudad de Santo Domingo.

Con los años pude entender la profundidad de esa reflexión ontológica, de esa indestructible verdad gestada en la mente luminosa, lúcida siempre, de un ser humano pensante y ejemplar: ¡de un hombre de bien, de inquebrantable espíritu de justicia!

Nunca se me pareció un hombre común. ¡Todo lo contrario! Veía en él a un maestro que con su tenue y a veces inaudible voz enseñaba: era como un libro de saberes, como un manantial de moral cuyas aguas límpidas, en su transparencia, humedecían de valores su entorno. ¡Había tanta humanidad en él! ¡Cuánto respeto inspiraba ese hombre de suave y educada voz!

Era un filósofo de la existencia, pero un filósofo cuyas palabras parecía que estaban cinceladas por la sabiduría más pura, por un hondo sentido de justicia y rectitud. Aspiraba a ser como él; me fascinaba su modo sencillo y sin desparpajo, sin pose, sin la estridencia del ego desbordado, con que interactuaba con los demás: todo ser humano le merecía, como a un Terencio reencarnado, respeto y considerado trato.

Por ese tiempo, en la primera mitad de la década de los 70 del siglo XX, en que tuve yo el privilegio de trabajar junto a él en una empresa de capital privado, solíamos compartir como si fuéramos ―y lo éramos― ese maestro siempre en actitud de enseñar y ese discípulo en actitud de aprender que siempre he sido. Nunca me hizo sentir pequeño ante él: su humildad y su nobleza lo hacían grande y sencillo a la vez: toda una montaña de humanidad. ¡Dios! Hombres como él no deberían morir jamás: ¡deberían ser eternos en la Tierra! Pero ya lo es en el recuerdo; vivo ha quedado en la memoria de aquellos que lo amamos y lo admiramos, que formamos ejército en el espíritu.

Era un hombre cultivado en las aulas universitarias, pero más cultivado en las lecturas de los clásicos. Era un hombre culto, poseedor de un saber humanístico. Nuestros diálogos no dejaban de estar atravesados por los nombres de figuras inmortales de la literatura universal: Dante Alighieri, Miguel Cervantes, Lope de Vega y Pedro Calderón de la Barca. De este último leía yo en esos días La vida es sueño, obra cumbre del siglo de oro de la literatura española.

Recuerdo que al comentarle sobre el modo en que me había impresionado la lectura de ese clásico de la dramaturgia universal ―me desmontaba yo de su carro Subarú, a eso de las 3:00 de la madrugada, en la calle Salcedo, frente a la casa de mi tia Dilcia, donde habría de dormir aquella noche de larga e inolvidable tertulia con mi maestro-amigo― me dijo: Profundiza en el mensaje que encierra Segismundo, el personaje central de la obra. Y al recordar sus palabras sabias, en justo homenaje a su memoria, con el respeto tributado por el discípulo a su maestro, he vuelto a leer el célebre soliloquio final de Segismundo:

¿que hay quien intente reinar

viendo que ha de despertar

en el sueño de la muerte?

¿Qué es la vida?, un frenesí.

¿Qué es la vida?, una ilusión ,

una sombra, una ficción,

y el mayor bien es pequeño:

que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son.

Sí, ahora lo entiendo más,  mi entrañable Maestro Eduardito. Su mensaje ha sido asimilado: no debemos dejarnos arrastrar ni por la vanidad, ni por la ambición de poder, ni por el odio, ni por el oropel, pues tal como nos ha dejado plasmado en su obra ese Pedro Calderón de la Barca al que usted admiraba, esta vida es una quimera, un frenesí, una ilusión que vuela con el viento de la muerte inevitable. Porque supo usted entenderlo, eligió vivir en el amor que viene acompañado de la sencillez y la humildad: ese fue su ejemplo y ese viene a ser el valioso legado dejado por usted a sus hijos, a sus nietos, a su familia y a la sociedad dominicana.

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*En mi pueblo (Jánico) y en el seno familiar, de niño, siempre ha sido mi apodo.