La maestra Ahlam, “sueños” en árabe, concreta al fin el suyo: volver a enseñar en Deir Ezzor luego de años de opresión del Estado Islámico.

En una clase de un colegio mixto de Al Shamtiyah, provincia de Deir Ezzor, este de Siria, las niñas y los niños cuentan en voz alta las cerezas que dibujó con tiza en la pizarra.

El grupo yihadista Estado Islámico se apoderó de extensas regiones de Siria en 2014, imponiendo su rígida interpretación del islam a los habitantes.

Abrieron sus propias escuelas, prohibieron la música y las artes y propinaron brutales castigos a quienes no quisieran adherirse a sus valores ultraconservadores.

Ahlam afirma que los yihadistas intentaron reclutarla para que enseñara en una de sus escuelas, en su pueblo natal de Al Shamtiyah, cerca de Deir Ezzor.

Ella se negó, prefiriendo dar clase a sus hijos en secreto en casa y sobreviviendo gracias a un huerto que cultivaba con su esposo, ingeniero agrónomo.

“Pensé que no habría ningún futuro para nuestros hijos, ni escuela, ni derechos”, recuerda Ahlam.

“Pero, gracias a Dios, los niños están estudiando y al menos pueden leer y escribir”, explica a la AFP, llevando un pañuelo azul sobre la cabeza.

Desde que una ofensiva del gobierno sirio expulsara a los yihadistas de la ciudad de Deir Ezzor y de los alrededores a finales de 2017, maestros y profesores se han precipitado hacia las aulas.

Con 13 años, Mohamad Al Ragheb admite tímidamente que no sabe ni leer ni escribir, pues durante la época del EI no fue a clase. “Ahora debería estar en octavo grado, pero no podía ir al colegio”, cuenta a la AFP.

– Vuelta al campus –

Según la secretaría de Educación de Deir Ezzor, los combates en la región dejaron sin una correcta formación a unos 200.000 estudiantes durante cinco años, y a 5.000 profesores sin trabajo.

Ahora, según la misma fuente, docenas de escuelas han vuelto a abrir y unos 45.000 estudiantes han vuelto a las aulas.

Cerca de 6.000 jóvenes también han reanudado sus estudios en la Universidad Éufrates de Deir Ezzor, capital de la provincia epónima.

Su edificio principal se encuentra en la parte occidental de la ciudad, que estuvo controlada por el gobierno sirio, pero durante años fue asediada por los combatientes del EI que se habían apoderado del resto de la localidad.

Sin embargo, algunas facultades -como la de Medicina o la de Agricultura- quedaban en zonas en manos de los yihadistas.

La estudiante Mona Al Nasser, de 24 años en la actualidad, estaba a punto de graduarse cuando el EI cruzó el desierto de la provincia en 2014.

Durante años, vivió bajo el yugo de los yihadistas en su pueblo natal de Mayadeen, a 50 km de allí. “Todo lo que quería era estudiar. Estoy tan feliz de haber vuelto, espero que esos días no vuelvan nunca”, afirma Nasser.

Sobre la entrada de una de las aulas, cuelgan los retratos del presidente sirio Bashar Al Asad y de su padre y predecesor, Hafez. Dentro, los estudiantes realizan, en silencio, un examen de árabe.

Unos escriben apresuradamente, volcados sobre el papel. Otros fruncen las cejas, pensándoselo bien antes de responder.

– De nuevo en casa –

Amina, de 23 años, ha viajado hasta clase desde Raqa, a más de 130 km al oeste.

Su ciudad era la capital de facto del “califato” del EI, pero fue capturada en octubre por una coalición liderada por Estados Unidos que respaldó a las tropas sirias, apoyadas por Rusia.

“Estuve asediada en Raqa durante tres años y no podía retomar mis estudios. Estaba en el segundo año”, explica a la AFP.

“Fue un periodo muy difícil. Hice cuanto pude por salir de Raqa, pero necesitaba un milagro”. Ahora, ha vuelto como alumna de segundo año. “Es maravilloso estar de vuelta en clase, porque esto determina tu futuro al fin y al cabo”, afirma.

Aunque los yihadistas perdieran su presencia militar en Deir Ezzor, dejaron minas sin explotar y bermas de arena por toda la ciudad y en sus entradas, bloqueando el camino de los estudiantes y de los habitantes en general.

Los militares sirios han pasado meses retirando esos explosivos y desplazando a los residentes, que han vuelto a repoblar la ciudad.

Tras pasar horas despejando su casa, Umm Bilal y su familia se toman un breve descanso en medio de su calle, devastada. Encienden una hoguera para calentarse y contemplan las montañas de escombros y chasis de coche calcinados en torno a ellos.Aún así, dice Bilal, sigue siendo su hogar.

“Sentarse entre la destrucción es bonito, porque tu casa es tu propiedad. Nadie puede obligarte a marcharte”, señala.AFP