Creo que la única manera posible de recuperar la confianza en la Feria del Libro de Santo Domingo sería reinventándola. No en el sentido de la organización solamente, sino también en el noble pensamiento de cada dominicano que le interese el libro.

Pensar la feria, esa es la propuesta que hago; pensarla como si nunca hubiera existido, para que los fracasos del pasado no llenen de pesimismo la buena intención del futuro.

¿Por qué propongo reinventarla? Porque aunque algunos creen que no, la Feria es necesaria como escenario de encuentros de lectores y adquisición de libros que no se ofertan todos los días, y por ser además un lugar de intercambio entre lectores y escritores. Solo en las ferias los lectores tienen la oportunidad de acercarse a escritores que admiran; solo en las ferias los autores descubren la influencia que ejercen en las almas silenciosas que los leen; solo en las ferias es posible observar el festín de las letras que conquistan mentes y corazones de personas lejanas y ajenas al autor y sus circunstancias.

El escritor estadounidense Richard Ford, ganador del premio Pulitzer y galardonado con el Princesa de Asturias de las Letras 2016, dijo a su llegada a la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires 2018, que se celebra paralelamente a la de Santo Domingo, que para él «es un privilegio encontrarse con lectores que leen mis libros, con entrevistadores, dar conferencias…»

Así de simple. Los escritores acuden a las ferias a encontrarse con lectores, y éstos a conocer la mente prodigiosa que le conquistó sin que entre ellos mediara el sonido de una sola palabra. Por lo general lo que ocurre en las ferias es la materialización de un deseo del lector, de encontrarse con novedades o estrechar la mano de un autor y saludarlo con admiración. Ese es el cuadro que subyace en la organización y programación de una feria; y cuando no ocurre eso, las críticas llueven sobre los responsables del evento cuyo protagonista debe ser sin duda el lector, pues hasta el escritor, por más famoso que sea, termina confundiéndose con el lector común, porque cuando logra evadir los reflectores de su propia obra, recorre el recinto ferial con similar entusiasmo que sus admiradores y con igual sed de novedades para llevar algo de regreso a casa.

Feria SD 2018

La relación del lector con un autor es un misterio en el que casi siempre ganan las emociones y las ansiedades del primero. Recuerdo haber leído hace mucho tiempo la expectación que causó la visita de Rabindranath Tagore a Buenos Aires, en 1924. Uno de los testimonios más emotivos de dicha visita, «reacciones frente a la grandeza ajena», dio origen a un libro de Victoria Ocampo, intitulado «Tagore en las barrancas de San Isidro». En el mismo, Ocampo, conocida principalmente como fundadora de la Revista Sur –en la que colaboraban figuras como Jorge Luis Borges, Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña–, escribió que desde el momento en que se anunció la visita de Tagore, «los que conocíamos sus poemas a través de las propias traducciones del autor, o la francesa de Gide, empezamos a esperar al poeta. Su llegada sería el gran acontecimiento del año. Para mí, fue uno de los grandes acontecimientos de mi vida.»

Hay dos afirmaciones importantes de Ocampo: «Su llegada sería el gran acontecimiento del año.» y «Para mí, fue uno de los grandes acontecimientos de mi vida.» Es decir, el mismo «acontecimiento» supone una satisfacción colectiva, al tiempo que un hecho que marcó la vida de un individuo, en este caso la de la autora argentina.

Eso sucede en la misteriosa relación entre autor y lector. Y es lo que debe primar en las mentes de los organizadores de ferias. Cuando ese hecho falta en la colectividad, se presenta el desencanto individual y surgen las críticas como la del poeta Raúl Bartolomé a la Feria del Libro de Santo Domingo 2018: «En la feria del libro hay un pabellón dedicado a Punta Catalina. Uno de la primera dama, otro de la vicepresidenta y unos cuantos más a organismos gubernamentales que nada tienen que ver con el libro y la cultura […] Esto sucede año tras año y en vez de mejorar empeora.»

Creo que a los organizadores de la Feria del Libro de Santo Domingo les hace falta analizar y entender las razones que motivan al público a visitar dicho evento. Por eso propongo pensar la Feria, reinventarla como si nunca hubiera existido, porque a esta última se la tragó el oficialismo debido al exceso de pabellones gubernamentales y muy poca novedad, por no decir ninguna, para el lector avezado y para el profesional de la industria editorial.

Dadas las profundas características populachera y escolar de la Feria de Santo Domingo, pienso que la solución a lo anterior podría ser la creación de un pabellón de novedades editoriales, un lugar donde los autores profesionales puedan firmar ejemplares de obras recientes, de los últimos cinco años, y atender tranquilamente a sus lectores, sin tanto ruido oficialista.

POR JOSÉ CARVAJAL