Zygmunt Bauman (19 November 1925 – 9 January 2017)

Para el influyente pensador de origen polaco, Zygmunt Bauman, hemos empezado a buscar la utopía en un pasado idealizado, debido a que el porvenir ha dejado de ser sinónimo de esperanza y progreso para convertirse en el lugar sobre el que proyectamos nuestroa temores.

Lo anterior, es la tesis central de la Retrotopía (la búsqueda de la utopía en el pasado) que Bauman desarrollo en dos escritos, que se publicaran póstumamente: Retrotopía, publicado este mes por Paidós, y el texto Síntomas en busca de objeto y nombre, parte de una obra colectiva sobre el estado de la democracia, titulada El gran retroceso (Seix Barral).

Según señala la propia editorial Paidos en la presentación de Retrotopía:

“Hace tiempo que perdimos la fe en la idea de que las personas podríamos alcanzar la felicidad humana en un estado futuro ideal, un estado que Tomás Moro, cinco siglos atrás, vinculó a un topos, un lugar fijo, un Estado soberano regido por un gobernante sabio y benévolo. Pero, aunque hayamos perdido la fe en las utopías de todo signo, lo que no ha muerto es la aspiración humana que hizo que esa imagen resultara tan cautivadora. De hecho, está resurgiendo de nuevo como una imagen centrada, no en el futuro, sino en el pasado: no en un futuro por crear, sino en un pasado abandonado y redivivo que podríamos llamar retrotopía.

Fiel al espíritu utópico, la retrotopía es el anhelo de rectificación de los defectos de la actual situación humana, aunque, en este caso, resucitando los malogrados y olvidados potenciales del pasado. Son los aspectos imaginados de ese pasado —reales o presuntos— los que sirven hoy de principales puntos de referencia a la hora de trazar la ruta hacia un mundo mejor.”

En el texto, el pensador polaco agrega además que: “El futuro es, en principio al menos, moldeable, pero el pasado es sólido, macizo e inapelablemente fijo. Sin embargo, en la práctica de la política de la memoria, futuro y pasado han intercambiado sus respectivas actitudes”, señala. Bauman habla del temor a perder el empleo, a la multiculturalidad, a que nuestros hijos hereden una vida precarizada, a que nuestras habilidades laborales se vuelvan irrelevantes porque los robots sepan hacer -mejor y más barato- nuestro trabajo. En definitiva, miedo porque todo lo que era sólido es ahora “líquido”.

“Hay una creciente brecha abierta entre lo que hay que hacer y lo que puede hacerse, lo que importa de verdad y lo que cuenta para quienes hacen y deshacen; entre lo que ocurre y lo deseable”, señala.

Bauman defiende que hemos regresado a la tribu, al seno materno, al mundo despiadado que describía Hobbes para justificar la necesidad del Leviatán (El Estado fuerte que evite la guerra de todos contra todos) y a la más flagrante desigualdad, en la que “el ‘otro’ es una amenaza” y “la solidaridad se le antoja al ingenuo, al incrédulo, al insensato y al frívolo una especie de trampa traicionera”. “El objetivo ya no es conseguir una sociedad mejor, pues mejorarla es una esperanza vana a todos los efectos, sino mejorar la propia posición individual dentro de esa sociedad tan esencial y definitivamente incorregible”, lamenta.

La filósofa Marina Garcés, profesora en la Universidad de Zaragoza, (en nota publicada por el diario El País) alaba la capacidad de Bauman para “asumir el fin del pensamiento utópico y sus consecuencias”. “No pretende embaucarnos con nuevas y falsas promesas de futuro, sino que intenta comprender qué pasa y qué está pasando tras la era de las revoluciones y sus diversas derrotas”, asegura.

En los dos textos póstumos, el filósofo plantea un reto y un esbozo de respuesta. El reto es “diseñar -por primera vez en la historia humana- una integración sin separación alguna a la que recurrir”. Hasta ahora, argumenta, lo que ha funcionado es la división entre ‘nosotros’ y ‘ellos’ y seguimos empeñados en buscar un ‘ellos’, “preferiblemente el extranjero de toda la vida, inconfundible e incurablemente hostil, siempre útil de cara a reforzar identidades, trazar fronteras y levantar muros”. Sin embargo, esta dicotomía histórica “no termina de encajar” con la “emergente ‘situación cosmopolita”. ¿Cuál es entonces la única respuesta posible? “La capacidad para dialogar”, concluye Bauman tras citar de forma elogiosa al papa Francisco.

Garcés se reconoce “sorprendida” tanto por la llamada al diálogo (“¿de quién con quién?”, se pregunta) como por la invocación de la figura del Papa. “Creo que es una llamada de socorro” de un Bauman que “intenta dibujar un escenario para la palabra compartida” porque sabe que “ya no hay soluciones parciales a ninguno de los problemas de nuestro tiempo”. Es la advertencia final del pensador polaco: “Debemos prepararnos para un largo período que estará marcado por más preguntas que respuestas, y por más problemas que soluciones (…) Nos encontramos (más que nunca antes en la historia) en una situación de verdadera disyuntiva: o unimos nuestras manos o nos unimos a la comitiva fúnebre de nuestro propio entierro en una misma y colosal fosa común”.

Por último, señala Bauman, “Resulta prácticamente inevitable que respiremos una atmósfera de desasosiego, confusión y ansiedad y la vida sea cualquier cosa menos agradable, reconfortante y gratificante”. En este contexto, los cada vez más consumidos tranquilizantes y antidepresivos proporcionan alivio, pero también “contribuyen a cegar a los propios seres humanos ante la naturaleza real de su padecimiento, en vez de ayudar a erradicar las raíces mismas del problema”.

DJUSA
EL MURO