PREÁMBULO

Del luminoso y vasto  ideario de Eugenio María de Hostos, hijo ejemplar de América, citemos, de entrada, algunas de sus frases más célebres referidas a temas y valores tan trascendentes y universales como la verdad, el deber, la igualdad entre los seres humanos, el tiempo, la humildad y la justicia.

  • El tiempo es vida, y consumir el tiempo en no hacer lo que se debe, es consumir inútilmente la existencia.
  • Ley eterna de la naturaleza es igualdad moral del hombre y de la mujer, porque la mujer, como el hombre, es obrero de la vida.
  • El hombre no deja de ser hombre por ser de color claro u oscuro, porque pertenezca al grupo norteamericano o malayo; cualquiera que sea su color, el hombre tiene los mismos derechos naturales.
  • Ningún hombre es más grande que el que se vence a sí mismo por cumplir con su deber.
  • Quienquiera que padece por la verdad y la justicia, ese es mi amigo.

DE SU NACIMIENTO

Eugenio María de Hostos y Bonilla nació bajo suelo mayagüezano, muy avanzada la noche del 11 de enero de 1839, es decir, hace 179 años. Su nacimiento, anunciado por la naturaleza con tronadas tormentosas, tuvo lugar en el pueblito de Río Cañas Arriba, perteneciente a Mayagüez, ciudad situada en el oeste de la isla de Puerto Rico. De su padre, Eugenio de Hostos y Rodríguez, y de su madre, María Hilaria Bonilla y Cintrón, Hostos recibió el nombre por el que sería conocido y reconocido universalmente: Eugenio María. Sus padres eran puertorriqueños, mayagüezanos como él. Procrearon siete hijos, de los cuales Hostos fue el sexto.

En el mismo lugar donde estuvo la casa que vio nacer a Hostos fue construido, el 26 de mayo de 2006, el Museo y Centro de Usos Múltiples “Eugenio María de Hostos” para perpetuar la memoria del Ciudadano de América.

HOSTOS ESTUDIA EN ESPAÑA. ES AUTODIDACTA

Hostos todavía es un adolescente cuando en 1852 sus padres lo envían al norte de España para empezar sus estudios secundarios en el Instituto de Segunda Enseñanza de Bilbao: tenía 13 años de edad. Concluido aquí el bachillerato, en 1858 se desplaza a la ciudad de Madrid e ingresa a la Facultad de Derecho y, al mismo tiempo, a la de Filosofía y Letras de la Universidad Central, la hoy prestigiosa Universidad Complutense de Madrid.

Por decisión propia —y por extrañas razones a las que ya se han referido algunos de sus biógrafos— Eugenio María de Hostos no concluyó ninguna de esas dos carreras universitarias ni ninguna otra en el resto de su vida. Le bastó, para alcanzar su grandeza intelectual, su asombrosa capacidad autodidacta.

Y es que en Hostos concurren cualidades múltiples y la de autodidacta es precisamente una de ellas, unida a su perseverancia y a su carácter acerado. Tiene esa actitud natural para aprender de todo, exhibiendo una poco común capacidad de trabajo, moviéndose en varios frentes de modo constante y simultáneo: sin descanso, sin transigir con sus principios éticos.

Su inteligencia es superior y luminoso su pensamiento. Fue político, pedagogo, sociólogo, filósofo, experto en Derecho Constitucional, historiador, ensayista, novelista, cuentista, dramaturgo, poeta, crítico literario y periodista. Pocas fueron las ramas del saber humano en las que no incursionó. Como diría el filósofo argentino Francisco Romero (1891-1962), «Hostos se formó a sí mismo». Es considerado uno de los más brillantes pensadores de la América hispánica de todos los tiempos. Es el Maestro de América.

DE LAS ESTANCIAS DE HOSTOS EN SU PATRIA ADOPTIVA

El primer vínculo de Hostos con República Dominicana es de carácter familiar y tiene su origen en su nacimiento mismo: es nieto de la dominicana María Altagracia Rodríguez y Velasco (10-10-1785/S. XIX), cuya familia pasó a vivir a Mayagüez a principios del siglo XIX a consecuencia de la cesión a Francia de la isla de Santo Domingo, producto del Tratado de Basilea firmado en 1795 entre dicho país y España.

Ese lazo afectivo con la segunda mayor de las Antillas se fortalecería más tarde con el nacimiento de varios de sus hijos en suelo dominicano, a los cuales nos referiremos más adelante.

En tres momentos históricos distintos Eugenio María de Hostos visita la que, al pasar el tiempo, habría de convertirse en su segunda patria. Sus tres estancias en la República Dominicana tienen lugar del 30 de mayo de 1875 al 5 de abril de 1876; del mes de marzo de 1879 al 18 de diciembre de 1888; y del 6 de enero de 1900 al 11 de agosto de 1903, año de su fallecimiento. Es decir, una vivencia dominicana de 14 años, tres meses y algunos días. 

  1. a) Su primera estancia (1875-1876)

En el mes de mayo de 1875 Hostos sale de New York, en el vapor Tybee, con destino a la República Dominicana, específicamente a la ciudad de Puerto Plata, donde arriba el día 31 de mayo, no el 30 como señala Emilio Rodríguez Demorizi. Conoce al General Gregorio Luperón y sostiene, en la casa de éste, encuentros con el prócer puertorriqueño Ramón Emeterio Betances y con el intelectual dominicano Federico Henríquez y Carvajal.

En sus «Notas de viajero en Puerto Plata», en 1875, escribirá:

«Era triste el objeto de mi viaje: ignoraba que allí había yo de conquistar algunos de los mejores amigos de mi vida; solo sabía que, habiendo allí muchos hermanos míos ante Cuba-Puerto Rico, tal vez no estaría solo conmigo mismo al poner en tierra el pie, y trataba de prolongar hasta el último momento la admiración candorosa de aquella naturaleza siempre amable y la dulce evocación de la infancia siempre amada”.(2)

Esos «mejores amigos de mi vida» de Hostos habrían de ser tres próceres dominicanos y la más excelsa poetisa de las letras dominicanas, quienes serían sus más fervientes y leales colaboradores: el General Gregorio Luperón, los hermanos Federico y Francisco Henríquez y Carvajal y Salomé Ureña de Henríquez. Los cuatro jugarían un rol de primer orden durante su estancia de mayor cosecha en términos pedagógicos y culturales: la de 1879 a 1888.

En Puerto Plata inicia su misión educadora con sus aportaciones intelectuales a través de varios medios fundados por él («Las Tres Antillas», «Los Antillanos»), reanimando la vida periodística de esa importante ciudad. En esta ciudad concibe su Plan de Escuelas Normales para la República Dominicana y la fundación, el 5 de marzo de 1876, de la sociedad-escuela llamada La Educadora es parte de ese proyecto; digamos que un experimento pedagógico quizá. El objetivo era, «en resumen: educar al pueblo» y concientizarlo sobre sus derechos ciudadanos.

El local donde fue instalada La Educadora —en cuyo acto de inauguración Hostos pronunció un discurso— era propiedad del General Luperón, quien le había brindado su apoyo generoso al peregrino del ideal. En ese local era donde la Liga de la Paz, filial de la Liga de la Paz de Santiago de los Caballeros, realizaba sus sesiones. Cuatro días después de la apertura del centro de enseñanza, el líder de la Restauración fue elegido presidente de dicha Liga y Hostos, vocal. El Club Cubano de Puerto Plata lo había elegido, el año anterior, miembro honorario. El viajero antillano parte hacia Venezuela en 1876, tal como ya hemos señalado. 

  1. b) Su segunda estancia (1879-1888)

Eugenio María de Hostos retorna a la República Dominicana, acompañado de su esposa Belinda, en marzo de 1879, estableciéndose en la ciudad de Santo Domingo.

En el sector de San Carlos de dicha ciudad nacerán sus cinco primeros hijos: Eugenio Carlos (1879), Luisa Amelia (1881), Bayoán Lautaro (1883), Adolfo José (1887) y Rosalinda (1884), quien fallece a los pocos meses de nacida.Esta segunda estadía de Hostos es la de mayor duración (nueve años) y la más fructífera en los ámbitos educativo y cultural, la de mayores aportaciones y ricas experiencias pedagógicas. Desde la perspectiva intelectual —no tan sólo desde la pedagógica— estos años de permanencia de Hostos en República Dominicana son los años más productivos de los 64 que alcanzó a vivir, pues algunas de sus obras fundamentales las escribió en suelo dominicano: «Lecciones de Derecho Constitucional (Santo Domingo: La Cuna de América, 1887), «Moral social» (Santo Domingo: García Hermanos, 1988) y «Tratado de Sociología» (Madrid: Bailly-Bailliere e hijos, 1904).

El «Tratado de Sociología» trae una nota preliminar «Al lector» que dice así:

«Esta obra se publica tal como la recogieron de labios del Sr. Hostos sus discípulos de 1901, en sus improvisaciones orales en los ratos que podía distraer a su fatigosa labor de la Inspección General de Instrucción Pública» en Santo Domingo.

Observa Pedro Henríquez Ureña que Eugenio María de Hostos: «se dedica a formar antillanos para la confederación, la futura patria común, la que debería constituirse con los fragmentos de patria que tenemos los hijos de estos suelos». Y luego agrega:

«Con ayuda de hombres y mujeres desinteresados, encendidos —ellos también— en llama apostólica, implantó la enseñanza moderna, cuyo núcleo es la ciencia positiva, allí donde se concebía la cultura dentro de las normas clásicas y escolásticas que sobrevivían de las viejas universidades coloniales; enseñó la moral laica, forjando los espíritus en el molde austero de la virtud que en la razón se inspira. La obra fue extraordinaria: moral e intelectualmente comparable a la de Bello en Chile, a la de Sarmiento en la Argentina, a la de Giner en Es

El «Tratado de Sociología» trae una nota preliminar «Al lector» que dice así:

«Esta obra se publica tal como la recogieron de labios del Sr. Hostos sus discípulos de 1901, en sus improvisaciones orales en los ratos que podía distraer a su fatigosa labor de la Inspección General de Instrucción Pública» en Santo Domingo.

Observa Pedro Henríquez Ureña que Eugenio María de Hostos: «se dedica a formar antillanos para la confederación, la futura patria común, la que debería constituirse con los fragmentos de patria que tenemos los hijos de estos suelos». Y luego agrega:

«Con ayuda de hombres y mujeres desinteresados, encendidos —ellos también— en llama apostólica, implantó la enseñanza moderna, cuyo núcleo es la ciencia positiva, allí donde se concebía la cultura dentro de las normas clásicas y escolásticas que sobrevivían de las viejas universidades coloniales; enseñó la moral laica, forjando los espíritus en el molde austero de la virtud que en la razón se inspira. La obra fue extraordinaria: moral e intelectualmente comparable a la de Bello en Chile, a la de Sarmiento en la Argentina, a la de Giner en España. Sólo el escenario era pequeño». (3)

A continuación citamos algunas de las contribuciones de Hostos a la educación dominicana durante esta segunda estancia: (4)

Fundación, en febrero de 1880, de la Escuela Normal de Santo Domingo, la primera del país. él la dirige.

  • Creación, en noviembre de 1880, del Instituto Profesional. Dicta la cátedra de Derecho Público (Constitucional e Internacional).
  • Bajo su presidencia queda constituida la Asociación del Cuerpo de Profesores.
  • Fundación, en enero de 1881, de la Escuela Normal de Santiago de los Caballeros.
  • Inaugura, en enero de 1883, la cátedra de Economía Política en el Instituto Profesional.
  • Graduación, en septiembre de 1884, del primer grupo de Maestros Normalistas: Félix Evaristo Mejía, Arturo Grullón, Francisco José Peynado, Agustín Fernández, Lucas T. Gibbes y José María Alejandro Pichardo.
  • Graduación, en febrero de 1886, del segundo grupo de Maestros Normalistas: J. Arismendy Robiou, Jesús María Peña, Barón Coiscou y Rodolfo Coiscou. En su discurso Hostos dice que «la Escuela Normal es una verdadera fuente de moral y de progreso».
  • Graduación en abril de 1887, del primer grupo de Maestras Normalistas del Instituto de Señoritas dirigido por la educadora y eximia poetisa Salomé Ureña de Henríquez: Leonor M. Feltz, Luisa Ozema Pellerano, Mercedes Laura Aguiar, Ana Josefa Puello, Altagracia Henríquez Perdomo y Catalina Pou. De 1883 a 1891 dicho instituto estuvo funcionado en la esquina conformada por las calles Luperón y Duarte, que para la época ostentaban los nombres de Esperanza y Los Mártires, respectivamente. Es una casa de dos plantas que aún permanece, como testigo de la historia, en la zona colonial: abajo funcionaba el centro docente y arriba, estaba el hogar.
  • Fundación, en agosto de 1888, de la Escuela Nocturna para la Clase Obrera en Santo Domingo.
  1. c) Su tercera estancia (1900-1903)

El día 6 de enero de 1900, a solicitud del gobierno presidido por Juan Isidro Jimenes Pereyra, retorna a su patria adoptiva el Maestro Eugenio María de Hostos para continuar su grandiosa empresa: transformar el sistema de enseñanza de República Dominicana. El presidente Jimenes lo nombra Inspector General de Enseñanza Pública y dos años después lo designaría Director General de Enseñanza, desempeñando, al mismo tiempo, el cargo de Director de la Escuela Normal de Santo Domingo.

El escritor dominicano Max Henríquez Ureña describe así el recibimiento a Hostos:

“Es recibido Eugenio María de Hostos con grandes manifestaciones públicas. [Francisco] Henríquez y Carvajal le da la bienvenida en nombre del gobierno” (5)

Y el historiador dominicano Emilio Rodríguez Demorizi lo describe de este modo:

“La alborozada ciudad empavesó sus calles, como en día de glorias y de triunfos. El incansable luchador se entregó de nuevo al trabajo interrumpido en 1888. Ahora, quizás, era más penosa la faena. Lilís había corrompido el alma ciudadana, y era necesario devolverle su dignidad”. (6)

Retornó Hostos a Santo Domingo no tan sólo respondiendo al llamado que le fuera hecho, como ya indicamos, por el Gobierno Dominicano, sino, también, impulsado dolorosamente por el desencanto y el desaliento causados por la actitud pasiva e indiferente del pueblo puertorriqueño ante la usurpación, por parte del imperio de los Estados Unidos de Norteamérica, de la soberanía de Puerto Rico. Llega herido en su amor patrio, pero manteniendo todavía viva la esperanza de la redención para su patria: 

“No he perdido aún la fe en la parte sana del pueblo americano; tan no la he perdido, que en ella han de encontrar los descuidados puertorriqueños el medio efectivo de redimirse, o de 10 contrario no hay redención para el pueblo que se empeña en llamarse libre, siendo cada día más esclavo”. (7)

Eugenio María de Hostos falleció la noche del 11 de agosto de 1903, en el sector de Gascue de la ciudad de Santo Domingo, a la altura de la playa de Güibia, próximo al Malecón.

El 30 de junio de 1985 —por disposición del presidente Salvador Jorge Blanco, mediante el Decreto No. 3070, de fecha 19 de junio de 1985— los restos de Eugenio María de Hostos fueron trasladados al Panteón de la Patria, en la calle Las Damas de la ciudad de Santo Domingo, desde el patio de la Capilla de la Tercera Orden Dominica, donde habían sido depositados en 1925. Cabe destacar aquí los esfuerzos desplegados por la meritísima educadora Ivelisse Prats-Ramírez de Pérez para que ese traslado fuera posible. Era ella, en ese momento, la Secretaria de Estado de Educación, Bellas Artes y Cultos.

Con los años —como producto de su compenetración e identificación con lo dominicano, por sus grandes aportes a la educación y a la cultura de la República Dominicana―, el prócer puertorriqueño sería considerado tan dominicano como el Patricio Juan Pablo Duarte. Hay que recordar sus lapidarias palabras antes de morir:

«YO QUISIERA MORIR EN MI ISLA QUERIDA; PERO NO TENDRÉ ESA DICHA SI LLEGA MI HORA SIENDO ELLA ESCLAVA.»

Notas:

(1) Texto que sirvió de base para la conferencia en torno a Eugenio María de Hostos dictada en Syracuse University a las 9:30 a. m. del jueves 9 de abril de 2015, dentro del Programa de Estudios Latinos y Latinoamericanos de ese centro académico, bajo la coordinación de la catedrática Myrna García Calderón.

(2) Eugenio María de Hostos. Páginas dominicanas. Selección: E. Rodríguez Demorizi. Santo Domingo, Rep. Dom.: Editorial Librería Dominicana, 1963. P. 31.

(3) Loc. cit.

(4) Datos extraídos de: Emilio Rodríguez Demorizi. Hostos en Santo Domingo. 2 ed. Santo Domingo: Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 2004. Vol. I. Pp. 38-39.

(5) Mi padre. Perfil biográfico de Francisco Henríquez y Carvajal (Santo Domingo, Rep. Dom.: Comisión Permanente de la Feria Nacional del Libro, 1988. P. 54).

(6) Hostos en Santo Domingo. 2 ed. Santo Domingo, Rep. Dom.: Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 2004. Tomo II. P. 60.

(7) Carta a Joaquín Barreiro, director de la revista El Carnaval (San Juan, P. R.), citado por Antonio S. Pedreira en su obra biográfica Eugenio María de Hostos. Ciudadano de América. 1 ed. Madrid, España: Talleres de impresión de Espasa-Calpe S. A., 1932. P. 108.

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AUTOR: Miguel Collado