Algunos aspectos de la vida pública no requieren demasiados conocimientos de ciencias políticas. En Estados Unidos llegar a gobernar es sumamente costoso. Lo será aún más con recientes decisiones del Tribunal Supremo. Existe ahora mayor libertad en cuanto a recaudaciones de campaña. Así la política estadounidense forma parte del sistema de libre empresa. Independientemente del costo de las campañas, los futuros ocupantes de la Casa Blanca seguirán enfrentando cuestiones tan complicadas como la crisis inmigratoria, lógicamente sujeta a los frecuentes cambios de opinión en las encuestas. Como dijera un depuesto gobernante hispanoamericano: “las multitudes son veleidosas.”

Más allá de una elección presidencial de la que nos separan dos años y meses, la imagen internacional de Estados Unidos sufre por desaciertos en política exterior, algo que ha caracterizado a muchas administraciones, entre ellas a la actual y a su predecesora inmediata. Pero también la falta de decisiones en cuestiones inmigratorias contribuye a seguir deteriorando la imagen de la más poderosa nación y de sus gobernantes ante los ojos del mundo entero.

Es cierto que los problemas inmigratorios se extienden por buena parte de la geografía universal y se ha convertido en importantísimo tema en las elecciones de países tan importantes como la República Francesa. La lista de tales naciones es demasiado larga para mencionarla y ha contribuido a la formación de nuevos partidos radicales de corte populista y nacionalista. Describir plenamente ese ambiente pudiera quizás corresponderle a publicaciones especializadas.

Hasta hace poco, la atención de los medios en la región del Caribe, además del eterno caso de Cuba y las aventuras y desventuras del gobierno de Caracas y de su poco unificada oposición, se concentraba en los haitianos y la ciudadanía de sus hijos en la República Dominicana. Recientemente, se han tomado en Santo Domingo medidas que no resolverán del todo ese antiquísimo problema, pero que demuestran la disposición a enfrentarlo a pesar de ser un país con escasos recursos y un diferendo histórico con su vecino inmediato.

Tomando rumbo norte, en Washington, los republicanos obstruyen casi cualquier iniciativa presidencial y los demócratas no han demostrado la suficiente voluntad de poder que se requiere para un intento serio de resolver un problema de esta naturaleza. Hablando sin cortapisas, comparten culpas un partido que, con notables excepciones, no desea realmente la inmigración hispanoamericana, y otro cuyo líder principal, el actual presidente, ha autorizado deportaciones como ningún otro. En ambos lados del espectro político, prevalece una gran preocupación, ser objeto del rechazo de un gran sector de la población, pero las críticas se producen inevitablemente.

Resulta curioso ver a los republicanos renunciar por una o más generaciones al apoyo mayoritario de la minoría de mayor crecimiento en el país, los hispanounidenses, Por su parte, los demócratas vacilan ante un asunto que pudiera ayudarles a aumentar sus filas. Ahora bien, el problema es demasiado serio y con tantas repercusiones en aspectos humanos para limitarlo a determinar quién puede beneficiarse del tema de los inmigrantes indocumentados.

Claro que el mundo puede comprender que Estados Unidos, como tantos otros países, tenga problemas inmigratorios y hasta que las dimensiones de la economía norteamericana hayan convertido en inevitable la situación, pero la noticia más reciente, la crisis humanitaria creada por la entrada de miles de niños centroamericanos complica mucho más el asunto. Se menciona con frecuencia que esos jóvenes seres humanos huyen de la violencia en sus países. También se menciona que intentan reunirse con familiares y compatriotas.

Pueden emitirse opiniones como las del gobernador de Texas, acerca de la gravedad de la crisis planteada, pero esos niños interceptados en la frontera con Méjico, han dado pie a que se hable de una “invasión”, con los temores que esta palabra despierta inmediatamente. Vivimos en un mundo en que las complicaciones del terrorismo preocupan naturalmente. Pero debe recordarse que la aplicación de medidas que puedan ser malinterpretadas en el resto del planeta pudieran deteriorar aún más la imagen que Estados Unidos proyecta en el mundo de hoy mientras intenta tomar parte en cuanta crisis aparece en el horizonte internacional, lo cual en ciertos casos puede entenderse sin demasiado esfuerzo.

Aunque existan argumentos para explicarlo, será difícil convencer al resto de la humanidad que 50,000 niños y adolescentes, aproximadamente el 0.0031 por ciento de la población actual de Estados Unidos (314 millones de habitantes) constituyen una verdadera “invasión”. Sin importar la posición que se adopte, se trata de un poderoso, quizás útil, recordatorio de una realidad. Ya sea con leyes o con decretos presidenciales, que siempre serán polémicos y hasta riesgosos, algo habrá que hacer. Será de ayuda para muchos indocumentados y bastante lamentable para otros. Las consecuencias en las urnas será impredecibles en cuanto a las elecciones congresuales de noviembre, pero la actual falta de definición es intolerable. La obstrucción legislativa y la vacilación ejecutiva no pueden continuar indefinidamente